Mi viejo Fiat 128

 


Todavía extraño mi viejo Fiat 128.

Aquel carro azul descolorido tenía más voluntad que motor.
La cerradura del lado del conductor llevaba años rota y, para manejarlo, debía entrar siempre por la puerta del pasajero y deslizarme sobre la palanca de cambios como una acróbata cansada.

Más de una vez pensé que moriría en medio de una avenida de Santo Domingo, bajo el calor de julio y entre bocinas impacientes.

Pero aquel Fiat conoció la ciudad conmigo.
Conoció tribunales, cárceles, ingenios, noches sin dormir y expedientes que nadie quería tocar.

Después llegó un Toyota Corolla viejo, mucho más digno, más silencioso, menos terco.
Y sin embargo, todavía hoy, cuando veo un 128 oxidado en alguna calle olvidada, siento que una parte de mi vida sigue estacionada allí.

— Elena Vargas

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