Ame

 


La encontré una mañana frente a la puerta de casa.

Dentro de una caja de cartón.

Había llovido hacía poco y la acera de Gazcue todavía conservaba ese olor a agua sucia, hojas mojadas y café recién hecho que Santo Domingo lleva encima después del amanecer.

Al principio pensé que era un montón de trapos negros.

Luego la caja se movió.

Me miró sin hacer ruido.

Tenía los ojos enormes, brillantes, y esa expresión de los animales que no piden nada porque aprendieron demasiado pronto que el mundo no regala mucho.

Era pequeñísima. Flaca. Mojada. Negra como una noche sin luna.

En el cartón alguien había escrito con marcador azul: “Regalada”. Nada más.

La tomé en brazos pensando que la dejaría entrar solo por unas horas. Le di una toalla. Un poco de leche. Una manta vieja.

Y se quedó.

Rosa dice que desde aquel día el despacho nunca volvió a ser verdaderamente silencioso.

Creo que tiene razón.

La llamé Améthyste.
Ame.

Porque hay criaturas que llegan a tu vida sin pedir permiso… y terminan convirtiéndose en familia.

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