La noche del Perejil
No recuerdo el rostro de mi madre biológica. Ni el sonido de su voz. Ni siquiera sé si alcanzó a sostenerme entre sus brazos antes de dejarme atrás. Pero sí conozco el nombre de la mujer que me salvó. Consuelo. Ella siempre decía que algunas noches cambian la vida de un país entero. Y otras cambian solamente la vida de una persona. La noche del Pereil hizo las dos cosas. Yo tenía apenas un año. No podía entender el miedo, ni el odio, ni la violencia. Solo lloraba. Consuelo me encontró escondida, abandonada y temblando, mientras la ciudad se llenaba de gritos, botas y oscuridad. Pudo haber seguido caminando. Pudo haber fingido que no me había visto. Pudo haber tenido miedo. Pero me tomó en brazos. Y desde ese instante decidió que yo sería su hija. Nunca me habló demasiado de aquella noche. Tal vez porque algunos recuerdos siguen doliendo incluso después de toda una vida. Solo una vez me dijo: “Hay personas que nacen dos veces, Elena. La primera cuando llegan al mundo. La segunda c...









