Consuelo

 

Hay personas que hablan poco y, aun así, llenan una casa entera con su presencia.

Mi madre, Consuelo Vargas, era así.


Cuando yo era niña, creía que todas las madres sabían coser botones, preparar café antes del amanecer y reconocer una mentira con solo mirar a alguien a los ojos. Después descubrí que no todas podían hacerlo.

Vivíamos en Guayubín, en una casa donde el calor entraba por las ventanas incluso de noche y donde el polvo de la carretera terminaba siempre sobre los muebles, por más veces que ella limpiara.

Ella tenía manos fuertes. Manos de mujer acostumbrada al trabajo y al silencio. Nunca le gustaron las personas que hablaban demasiado. Decía que quien necesita gritar para convencer a los demás casi siempre está escondiendo algo.

Con los años entendí que muchas de las cosas importantes que sé sobre la justicia no las aprendí en la universidad ni en los tribunales.

Las aprendí observándola.

Aprendí que hay dolores que la gente lleva con dignidad porque no tiene otra opción.
Aprendí que la pobreza vuelve orgullosas a algunas personas y miserables a otras.
Aprendí que el miedo puede cambiar el destino de una familia entera.

Y aprendí algo más.

A veces, amar a alguien también significa guardar secretos.

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